El Heraldo de Puebla

El mundo iluminado

Negarse al llamado

Miguel Ángel Martínez Barradas

El Tarot es un conjunto de setenta y ocho cartas o naipes que desde finales de la Edad Media se usa con fines adivinatorios, pues popularmente se cree que en cada una de sus láminas es posible vislumbrar al futuro. El Tarot más extendido por el mundo es, sin lugar a dudas, el de Marsella, pues es a partir de éste que nacen el resto de los mazos de cartas. El Tarot está dividido en dos grupos: el primero se llama ‘Arcanos mayores’ y está conformado por veintidós cartas; el segundo grupo tiene cincuenta y seis naipes y recibe el nombre de ‘Arcanos menores’, el cual, a su vez, se subdivide en cuatro categorías de catorce láminas cada una: bastos, copas, espadas y oros. A las cartas se les llaman también ‘arcanos’, palabra que significa ‘secreto’, y si bien cada uno de los setenta y ocho arcanos que son en total nos hablan de aspectos diferentes del mundo y del ser, hay un significado que los une y hermana a todos: el del viaje.

Todo personaje que hasta hoy haya sobrevivido al devorador paso del tiempo debe su fama y honra a un viaje. En la literatura podríamos citar, por ejemplo a Odiseo (también llamado Ulises), quien estuvo luchando contra el océano durante diez años a fin de poder retornar a su casa en Ítaca. Otros viajes de renombre que podríamos citar serían los de orden religioso, tal es el caso de los esclavos egipcios liderados por Moisés durante el Éxodo, o el de los aztecas que salieron de Aztlán para fundar el pueblo mexica. Casos particulares de viajes místicos serían el de Cristo, quien fue llamado a redimir a sus hermanos y quien desde su nacimiento fue incapaz de asentarse en un sólo sitio, o el de Siddhartha, quien abandonó el palacio para refugiarse en la vida natural en favor de la iluminación. De estos ejemplos, así como de algunos otros que no han sido mencionados, podría adelantarse que el punto de encuentro entre todos es la transformación que el ser experimenta a partir del viaje, pues resulta innegable que aquel individuo que emprendió el viaje ya no era el mismo cuando regresó del mismo.

Las coincidencias entre los mitos y leyendas de las diferentes culturas del mundo no han pasado desapercibidas y de las muchas mentes que se han dado a la tarea de explicar estas semejanzas podríamos citar a Joseph Campbell, un escritor estadounidense del siglo pasado dedicado a la mitografía, es decir, al estudio de los mitos, principalmente a los de las civilizaciones antiguas. De entre sus múltiples obras, quizás la más conocida sea la que lleva por título “El hombre de las mil caras”, obra en la que Campbell estudia las coincidencias que existen entre los diferentes mitos de los pueblos antiguos, pero a partir de un aspecto en concreto: el viaje.

Campbell no sólo propone al viaje como un elemento primordial que emparenta a todos los mitos, sino que, además, crea un modelo o esquema de las diferentes partes de todo gran viaje. En principio, quien realiza el viaje es conocido como ‘héroe’, y este héroe realiza un viaje que se divide entre la dimensión de lo conocido y de lo desconocido. El viaje consta de tres partes: la partida, la iniciación y el regreso. La partida comienza por un llamado; a la iniciación la definen los retos y desafíos que habrán de cumplirse; mientras que al regreso lo define la transformación del héroe, es decir, el abandono de quien era desde antes de emprender el viaje. Sabiendo esto podría proponerse que el viaje es una muerte simbólica del ‘yo’.

Si bien el viaje es una experiencia que perfecciona a quien lo realiza, hay momentos en que esto no ocurre, pues así como existe la posibilidad de realizar el viaje, también está la opción de negarse al mismo; sobre esto, Campbell dice: «A menudo en la vida actual y no poco frecuentemente en los mitos y cuentos populares, encontramos el triste caso de la llamada que no se responde; porque siempre es posible volver el oído a otros intereses. La llamada no atendida convierte la aventura en una negativa. Encerrado en el aburrimiento, en el trabajo cotidiano, o en la “cultura”, el individuo pierde el poder de la significante acción afirmativa y se convierte en una víctima que debe ser salvada. Su mundo floreciente se convierte en un desierto de piedras resecas y su vida pierde todo significado. Quien rechaza la llamada, toda casa que construya será la casa de la muerte, un laberinto para esconder a su propio Minotauro. Todo lo que puede hacer es crear nuevos problemas para sí mismo y esperar la aproximación gradual de su desintegración.»

¿Y esto qué tiene que ver con nosotros? Todo. El viaje comienza con un llamado, otra palabra para referirse al llamado es ‘vocación’ (del latín ‘vocare’, ‘llamar’). ¿Y a nosotros qué es lo que nos llama? ¿Cuál es nuestra vocación? ¿Hemos atendido a ese llamado o lo hemos negado? Decíamos al inicio que el Tarot es un conjunto de cartas que durante algún tiempo se utilizó para adivinar el futuro, sin embargo con la llegada del psicoanálisis estos naipes pasaron a ser concebidos como espejos del alma humana, es decir, de nuestra psique, por lo que si el Tarot nos habla no es precisamente de lo que habrá de ocurrir, sino de primordialmente de quiénes somos en realidad y que con seguridad negamos.

Sobre el hecho de no querer escuchar la llamada, Campbell dice: «No todos los que vacilan están perdidos. La psique tiene muchos secretos en reserva.» Hilemos esto con el Tarot: la serie de los denominados ‘Arcanos mayores’ comienza con la carta de ‘El loco’ y termina con la de ‘El mundo’. Si miramos con atención, hallaremos que ‘El loco’ está caminando, está emprendiendo un viaje hacia el conocimiento de la realidad, pero también de sí mismo y por eso es que la serie de los ‘Arcanos mayores’ culmina con la carta de ‘El mundo’. Asumir el viaje, es decir, escuchar la llamada, es una oportunidad de transformarnos. ¿Estamos encerrados en el aburrimiento del trabajo cotidiano? Valdría la pena ver, entonces, si no hemos negado el llamado.

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